Seguí andando hacia casa con el maldito libro que encerraba en su interior el mechón de pelo. Lo coloqué dentro de mi chaqueta, apretado por mi brazo, escondiéndolo de las miradas. Su contacto me quemaba la piel y yo ardía de vergüenza por semejante comportamiento. Pero ya era demasiado tarde. Anduve y anduve hasta que reconocí aquel tugurio que por alguna estúpida razón llamaba casa. Coloqué la tarjeta electrónica delante del sensor y después de un carraspeo mecánico, la puerta se abrió. Pasé a la velocidad de la luz y me dirigí directamente a la cama. La retiré y el agujero fue visible. No mediría más de veinte centímetros de alto, ni más de treinta de largo y ni siquiera sabía sus proporciones de anchura. Solo había oscuridad, y soledad. Como ansiaba la soledad. Coloqué el libro de Shakespeare y volví a posicionar la cama. Pronto llegarían mis compañeros.
No podían ser más convencionales. No destacaban en nada, no salían de la norma y no pensaban. Era como vivir con máquinas. Su vida consistía en comer, trabajar, procrear y dormir, aunque no necesariamente en ese orden. A cualquier hora, en cualquier sitio, sin motivo, ellos procreaban. No eran pareja de hecho, y tampoco se les exigía, pues aquellas relaciones eran naturales. Sin embargo, me molestaban. Sus rítmicos agonías y gritos nome dejaban dormir, comer, pensar. LDS212, mi compañero, aquel a quien yo llamaba Sir en mi imaginación, intentó procrear conmigo pero después del tercer "no" desistió. Siempre había mujeres dispuestas a procrear así que...¿para qué insistir en mi? Huelga decir que yo era mucho más agraciada que POPI767, con esos pequeños ojos azules, la cara chupada y el pelo corto, parecido al color del trigo podrido, con los pellejos colgando del cuerpo sin carne y encorvada hacia delante, siempre con dolor en el trasero.Siempre dispuesta a dar placer. Estaba harta. Me levanté de un salto, corrí hacia la puerta, la abrí y aumenté la velocidad de mi paso hasta que en unos pocos minutos, llegué a la Aphotek. Era casi la hora de cerrar, pero entré con paso decidido. Detrás del mostrador, blanco e intemporal, se encontraba RAV199, vestido con una bata blanca, preparando el listado para el día siguiente, absorto en la tarea. Pero yo no podía esperar. Salté el mostrador y me abalancé sobre Él. Asombrado, paralizado, el no sabía que decir. Le miré a los ojos. Sus ojos, preciosos, marrones, confusos. Lo empujé contra la pared. Él no hizo nada, estaba inmóvil. Me quité la chaqueta, los pantalones, la ropa interior, todo, sin dejar de mirarlo. Seguía inmóvil, asustado. Le besé con fuerza, con pasión, con odio, mordiéndole, su labio sangró, mis manos bajaron, las suyas subieron, tocamos, presionamos, gritamos, nos odiamos. Y todo paró. Yo me vestí, el hizo lo mismo, absorto, asustado de nuevo. Le miré. Él no hizo nada. No me abrazó, ni sonrió, ni dijo una palabra. Rompí a llorar y no se acercó, ni me miró siquiera. Siguió con su listado. Yo salí llorando, sufriendo, con el alma empañada en pena. Cuanto odiaba a Él. Cuanto.