Mis lágrimas,en cascada,cubrían mi cara con cierto alivio. Caminé,caminé, caminé hasta ver mi casa. Mi horrible casa. Me armé de valor, odio y vanidad, y entré con orgullo. No había nadie. Era perfecto,precioso,era el refugio deseado todos estos años. La protección de la soledad, su presencia, su presión,me devolvía las ganas de vivir...y de odiar. Sin pensarlo,comencé a cantar. Cantaba algo sobre millones de gotas de lluvia,sobre el beso de un padre,sobre el abrazo de dos amantes,sobre el sol,la nieve,el ritmo,las sonrisas,la naturalidad. Canté,canté y canté hasta que mi mente me dejó plantada. Me alegré de cantar,porque cantar era liberarse,abrir la jaula, cortar las cuerdas, romper la puerta, saltar. Liberarse era llorar por el éxtasis del alma. Y como lloré.Lloré hasta que mis ojos se cansaron,hasta que mi piel enrojecida clamaba por un respiro. Pero yo no quería parar. Solo quería salir,beber,leer,cantar,llorar,fumar.
Fumar como madre. Gracias,madre. Gracias por descubrirme el mundo del dolor,de la enfermedad,del placer,de la mentira,de la verdad,de la envidia,de la vanidad,del conocimiento. Gracias por descubrirme la humanidad.
Cogí el libro de su escondite,empecé a leer y me conciencié de lo que significaba aquello. Aquello significaba que estaría muerta en menos de 24 horas.