domingo, 27 de enero de 2013

Capítulo 2

No me apetece hablar de madre, y mirar a aquellos desgraciados me hacen recordar demasiado. Caminé rápido mientras aparto la vista de los pobres condenados, posiblemente los últimos intelectuales del planeta ¿Qué es lo que les hace tan vulnerables al saber, tan ambiciosos a la hora de aprender? Nadie lo entiende. Y por eso los juzgan, los odian y los desprecian. En este nuevo mundo no cuenta en absoluto el saber sobre algo. Sin darme cuenta, llegué hasta una ejecución pública. No era mi día hoy, ciertamente.
Sobre el perfecto suelo de mármol blanco, rodeado de bancos de piedra y una papelera, se encontraba una mujer pelirroja. Debía de haber sido una flor preciosa tiempo ha, pero ahora era fruto de la violencia sin control y la tortura.  Estaba doblada hacia delante, y los humanos no paraban de lanzarle libros y escupitajos. La mujer lloraba y suspiraba, al borde de un ataque de ansiedad. De repente, recibió una patada certera en la mejilla derecha y, después de intentar mantenerse erguida, cayó al suelo. Las monstruosas carcajadas eran como un eco que se repetía en la mente. Llamadme rara, pero la violencia nunca me hizo reír. Los escupitajos seguían cayendo sobre ella como una tormenta de verano. La tormenta dejó paso a unas tijeras. Estas hicieron su trabajo: recortaron el precioso pelo pelirrojo hasta no dejar más que unos pocos centímetros de pelo. La mujer temblaba. No podía evitar el dolor. Intentó tragarse la lengua para morir pronto, mas uno de los torturadores la avistó a tiempo. Mi corazón se llenaba de pesar; la peor parte estaba por llegar. Un hombre semejante a un toro levantó a la mujer hasta ponerla de pie, mientras otro más semejante a una serpiente le sujetaba la lengua. Una de las mujeres allí presentes, que más bien podría haber sido una comadreja, le quitó los zapatos, los calcetines y la falda con sumo cuidado, y salió corriendo como alma que lleva el diablo. Nadie dijo nada. Era sabido que la gente robaba a los condenados, pero era algo que también podría condenarse, aunque nadie denunciaba ese tipo de delitos. Oportunistas. Mientras yo pensaba, el hombre serpiente rasgó la camiseta de la mujer con la mano libre, a la vez sus sucias uñas se preparaban para arañar el cuello  de la pelirroja. No se oyó ningún grito. Nada.Los verdes ojos impasibles de la condenada miraban  al horizonte.Las lágrimas no caían. No se oían sus jadeos ni sus lamentos.La presa no intentaba zafarse de sus cazadores. Los hombres se miraron y comprendieron lo que había pasado. Soltaron a la mujer con menos cariño del que soltarían un saco de arroz y se largaron. La multitud se dispersó. Allí solo quedábamos yo, las tijeras, el cabello desperdigado, el cadáver en una postura grotesca y unos cuantos libros de Shakespeare.  Al lado del suelo de mármol se imponía un cártel que rezaba: "FNA314.Condenada a muerte por el vicio de la lectura." Me acerqué, y temerosa, cogí un libro de Shakespeare y un mechón de suave,precioso pelo pelirrojo. Pero yo no salí corriendo como la comadreja.Impúdica zorra.

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