Un balcón, alzado sobre el mundo,
imperante. En el se encontraba una maravillosa chica,Carmen . La leve
brisa agitaba su pelo cobrizo, y sus ojos verdes, se perdían en la
inmensidad del atardecer. De repente, alguien abre las puertas y
camina con seguridad hasta Carmen. La mujer mas increíble que pueda
existir, estaba allí. Su figura era increíblemente curvilínea,
favorecida por el borgoña de su vestido. Los labios pálidos,
creados para el don de la palabra. La mata de pelo rubio caía hasta
el infinito y los ojos brillantes,intensos, no podían apartarse de
Carmen. Ella era Svetlana, irrepetible, inigualable, insuperable.
-¿Acaso puede haber algo más rojo que
este atardecer?- oír la voz de Svetlana producía el mismo placer
que pisar la tierra mojada.
-Un amanecer en Cuba-Carmen sonrió,
sin dejar de mirar la inmensidad.
-Eso sería precioso.
-Seguramente.
-Pero no más que tus ojos.
Carmen giró la cabeza, y a su vez,
Svetlana se acercó. Su mano derecha se alzó y recogió el pelo de
Carmen hacia atrás. Se colocó a su lado.
-La rebelión del oprimido con sus
propias manos es más preciosa- concluyó Carmen.
Svetlana se apoyó en la barandilla del
balcón con el codo izquierdo, mientras acariciaba el cuello de
Carmen con la mano derecha.
-Sé que cuando me acaricias piensas en
la toma de Berlín por el ejército rojo.
-Sabes que algún día seguiré los
pasos de mi padre.
-Entonces vivirás para y por la
política, ¿no?-la voz estaba preñada de insatisfacción.
-Tu gesto de rabia es bello.
-No sigas por ahí, Svetlana.
Ella se acercó un poco más y bajó la
mano, hacia la camisa de Carmen. Desabrochó el primer botón.
-Hoy llevas la camisa que me vuelve
loca.
Silencio.Desabrochó el segundo botón.
-La nostalgia me invade cuando recuerdo
tu cuerpo sobre mí.
El tercer botón.
-Si no me besas,haré que me peguen un
tiro en la nuca.
Carmen intentaba contener la
respiración. Como amaba a Svetlana. Amaba cada palabra de sus
labios, cada pestañeo, cada sonrisa, cada movimiento, su lujuria, su
maldad, su impaciencia, su locura. La amaba tanto que le dolía. La
lágrima que brotó del ojo izquierdo de Carmen materializó el
dolor, mientras su voz preñada de emoción sentenciaba:
-Recuerdo la primera vez que te ví.
Estabas tan hermosa.-hizo una pasa para sollozar-Estabas más
guerrillera que nunca. No podía parar de mirarte. Tus movimientos me
hipnotizaban, tanta belleza me abrumaba. Dejé de escuchar las
palabras, me perdí en tu cálida voz y nunca más pude salir de ahí.
Brotó otra lágrima.
-Mi vida empezó a tener sentido el día
en que te conocí. Me salvaste de la debilidad y del arrepentimiento.
Svetlana guardaba silencio, aunque no
dejaba de acariciarla. Carmen se giró. Las miradas iniciaron un
duelo. Svetlana, imponente, no se ablandó. Se acercó más a ella.
Sus labios se acercaron a su oído. Sentían los corazones latir, el
aliento, el contacto de los cuerpos.
-Carmen, cuando te conocí, no sabía
ni decir r correctamente. Mi
manera de pronunciar tu nombre te hacía sonreír. Lo que daría por
volver a ver esa sonrisa que derrite Siberia.Carr-men. Noté
desde el primer momento que me adorabas. Pensé en utilizarte, pero
eras irresistible. Eras perfecta, como la Revolución. Contigo me
sentía libre, implacable, justa. Cuando estabas a mi lado el
capitalismo reducía su impacto.
La
conversación llegaba a su clímax. No quedaban palabras, el momento
se acercaba.
-Svetlana,yo...
-Silencio-Inesperadamente,empezó
a llorar. Carmen se quedó sin palabras. ¿Svetlana llorando? Algo
así no se repetiría jamás-No lo digas, por favor. Si lo dices,
nunca podre parar de besarte.
-Hazlo,
no voy a impedirlo.
Más
lágrimas. Incluso cuando se sorbía la nariz estaba preciosa.
-No
puedo. Debo ser fiel al comunismo,no puedo amar a nada más.
-Yo lo
amaré contigo, y donde tu vayas, allí ire yo. Porque el amor...
-No
intentes explicarlo, porque dejaría de serlo.
Las
palabras llegaron a su fin y los labios pasaron a otro tipo del
lenguaje.
El
olor de Svetlana, su tacto, el movimiento acompasado de su pecho, su
pasión. No te vayas,Svetlana-suplicaba la mente de Carmen. Pasaron
años,meses,minutos,segundos mientras se besaban. El tiempo no
existía. Cuando estaban juntas permanecían a otra dimensión.
Pero
la dimensión se rompió cuando Svetlana se separó. Carmen sintió
que había disfrutado del espejismo de un oasis en el desierto.
-No
podemos seguir. Lo siento.
-Yo
más,creéme.
-Encontrarás
a alguien que no deba su vida a la Revolución.
-Tu
boca se ve tan linda cuando dices 'revolución'.
-Me
desquicia saber que nunca más te acariciaré, ni te veré a la luz
de un atardecer, ni podré besarte.
Carmen
se retiró, sin volverse, hasta llegar al umbral.
-Es tu
decisión.
Svetlana
seguía inmóvil. Miraba hacia el infinito. Silencio. Lágrimas.
-Mis
sonrisas no tan serán cálidas si no han sido capaz de derretirte.
Esta
vez, se giró, anduvo, abrió la puerta y salió sin hacer ruido, con
cuidado.
Y allí
seguía Svetlana, en el balcón, junto al gran rojo, asumiendo que
nunca más la vería. La lucha nunca cesaría para ella.
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